top of page

Ricky
Blog
El punto
Transcurría el quinto punto, del cuarto game, del tercer set, de un reñido partido de pádel y me tocaba volver a sacar. Pero ahora tenía que hacerlo del lado del drive, es decir, de derecha a izquierda.
Caminé lentamente hacia la esquina de saque, procurando relajarme del extenuante punto anterior. Mientras esperaba que Eduardo me alcance una de las pelotitas que había quedado junto a la red, saqué otra de mi bolsillo, y la hice picar muchas veces contra el piso, sonriendo, mirando fijo hacia abajo y de reojo a los rivales. Paleta, piso, mano, paleta. Una y otra vez, hice picar la bola.
Antes de ir a la posición que le correspondía para esperar la devolución de mi saque, Edu fue hasta el centro de la cancha, sin apuro, buscando, también él, recuperar el aire perdido. Levantó un poquito la red, volcó su pesado cuerpo por encima del fleje, estiró su brazo derecho, y con un movimiento seco y preciso, le dio un “chirlo” a la pelotita, que llegó hasta mí, rodando mansamente por el piso desparejo de la cancha.

Eduardo, que no deja nada librado al azar, no me alcanzó cualquier pelotita. Eligió la pelota con la que habíamos jugado y ganado el punto anterior. Nada más y nada menos. Y por eso, este punto, no podía fallar!
El juego anterior había sido increíble, épico, único e irrepetible. Uno de esos puntos que te llenan el alma de placer y alegría cuando lo ganas. De esos que, por cómo lo defendiste, te hacen sentir el mejor jugador del mundo. Fue un juego que gritamos desaforadamente con Eduardo. Y que Dany y Miguel lamentaron tanto, que es cómo si se les hubiese venido el mundo abajo.
Esos puntos son decisivos y marcan el rumbo de cualquier partido. Es increíble como juega un punto en la cabeza de los jugadores. El mismo punto que a unos llena de confianza y seguridad, a los otros los atesta de nerviosismo y vacilaciones, de incertidumbre y dudas. Aunque parezca ridículo, en ese momento, haber ganado ese juego, me cambió la vida. Me dio tanta confianza y tanta energía que me sentí imbatible. Es como si hubiese aprendido todo de repente. Fue como mi big bang del pádel, una sublime explosión de aprendizaje. Por eso, a partir de ese punto, creí que podía tirar un winner cuando quiera, desde cualquier lugar de la cancha, sabiendo que siempre iba a ser un golazo.
Ya menos agitado, y muy recuperado del tremendo juego anterior, miré hacia adelante y vi que cada jugador estaba en su lugar. Entonces, me concentré profundamente. Apreté fuerte la paleta con mi mano derecha. Hice picar una y otra vez la pelota contra el piso. Inspiré profundo por la nariz y soplé lentamente por la boca, buscando relajarme; al tiempo que espiaba de reojo la posición de Dany, que jugado sobre su izquierda me invitaba a sacar al otro lado. Pero yo estaba tan confiado y seguro, que no dudé ni un instante.
Sabía que el saque tenía que ser bien cruzado, rasante y con top, para que la pelota se acelere tras el pique. Debía ser lo suficientemente preciso, como para que pegue lo más cerca posible de la línea de saque y del ángulo que forman el piso y la pared lateral. Y también sabía que, si todo salía bien, muy posiblemente hiciera un ace, o forzara a Dany a hacer una mala devolución como para que Eduardo lo recontra-rematara en la red.

Cuando me sentí confiado, dejé de picar la pelotita, apreté más fuerte la paleta con mi mano y levanté mi brazo derecho alto, buscando que el movimiento tenga un recorrido suficiente, como para lograr un golpe perfecto. Antes de dejar caer la pelotita, grité a viva vos “VAAA” y la solté. Dany me amagó con sus piernas tratando de desconcertarme, pero no lo logró. Tras el pique, flexioné mínimamente las rodillas, y lancé mi mejor golpe con toda la potencia. Debo reconocer que, en el mismo momento del impacto, me di cuenta que el tiro no había salido tan rasante como quería, y que solo un milagro haría que entre. Y efectivamente, ¡no entró! La pelota pegó primero en la pared, bien abajo, muy cerquita del piso sobre la línea de saque, pero fue malo. Dany y Miguel gritaron con todas las ganas “No… No… NOOO!” y la pelota, tras rebotar en la pared del fondo, cruzó de izquierda a derecha toda la cancha, hasta morir en la maldita red.
El segundo saque debía ser muy simple, pues sólo tenía que meterlo. Pensé entonces sacar plano, despacio, al revés del rival para complicarle un poquito la devolución. Igual, estaba tan confiado por lo sucedido en el punto anterior, que con solo poner la pelota en juego sabía que era suficiente para ganar. Dany se recostó un poco más sobre su izquierda, liberando otro tanto su derecha, lo que me hizo dudar un poco. Sin embargo, preferí no innovar. Tenía que asegurar el saque y me mantuve en la idea original. Eduardo me alentó y dijo su característica frase “Vamos por uno”. Y a partir de ahí, sin mucha ceremonia, solté la pelotita y saqué, simple y seguro como marca el manual, al revés de Dany, para no correr riesgos.
Pero sucedió algo increíble, algo inimaginable. Tal vez me confié demasiado, y si bien la pelotita iba bien dirigida, no tomó suficiente altura y rozó apenas la maldita red. Entonces, sin querer, tomó un efecto raro, muy raro. Dani, que había dado un primer paso hacia la derecha, corrigió y corrió desesperado hacia el otro lado, porque la pelota se le metía en el ángulo que forma la T de saque. Pero por fantasioso que parezca, juro que la pelota flotó en el aire por unos segundos más que lo normal. El toque en la red cambió su recorrido. Tardó una eternidad en caer y Dani no llegaba, pero lamentablemente por nada, por casi nada de nada, se fue ancha.
Y Dany y Miguel gritaron otra vez fuerte y a coro: “NOOOO, NOOOO!”, y se rieron y festejaron.
Y Edu abrió sus brazos y me miró lamentándose.
Y yo, de cara al cielo, escupí una plegaria: ¡¡¡¡La reputísima madre que lo parió!!!!
FUE DOBLE FALTA.
Ricardo E. Somoza
2025
bottom of page